Testimonios

Catorce años atrás 

Autor: Amparo Puig

http://atenea2.megustaescribir.com/2011/02/04/catorce-anos-atras/ 

Guardamos secretos. Los escondemos en el fondo de la memoria  no para que los demás no los conozcan, sino para no poder recordarlos. Pero un día como otro cualquiera, hoy mismo, un viernes por la tarde, mientras anochece lentamente, los secretos se rebelan y tratar de salir a la leve luz de la puesta de sol.
Han pasado catorce años pero los recuerdos están nítidos, se resisten a pasar a la carpeta del olvido. Son como  un relámpago mortal que queda prendido en la retina por mucho tiempo. Al día siguiente de aquel jueves  de febrero tenía que hacerme una analítica, una de esas en las que te sacan tanta  sangre que llegas a pensar que vas a caer redonda ante la joven enfermera. No  estaba enferma, sino felizmente embarazada. Sólo había un problema en aquel panorama dulce y esperanzado. Todavía no había comunicado a mi empresa el feliz acontecimiento. Y reconozco que el hecho de decirlo me producía una sensación bastante próxima al pánico.
Pero no había más remedio. Hinché mis pulmones como si fuera a sumergirme en el más profundo de los océanos y subí a hablar con la jefa, una mujer malhumorada y cruel que no lanzó fuegos artificiales al  conocer mi novedad. Antes, más bien, su mirada se volvió gélida y dura.
-Qué sorpresa – me dijo con sequedad- ¿te lo has pensado bien?
- Claro -respondí-
- ¿Y crees que vas a poder con tu trabajo y dos niños a tu cargo? – su voz ser había vuelto  aún más dura-
- Estoy segura.
Sonrió con maldad.
- ¿Seguro que tu marido te ayuda en casa? Igual no vas a poder con todo.
- Bueno -dudé- mi marido ayuda un poco, como todos los hombres.
¿Pero por qué estaba respondiendo a aquel absurdo interrogatorio? ¿Por qué no recobraba mi dignidad de una vez y le preguntaba yo a ella a qué santo venía aquella reacción tan estúpida? ¿Qué clase de cobardía paralizante me estaba trabando la lengua hasta sentir casi que me ahogaba? Pero ella siguió, con la sangre de hielo recorriéndole las venas. 
- Tú sabrás lo que haces. Ya veremos si cuando vuelvas de tu baja eres capaz de hacer frente a todo. Y si no, ya sabes…
- Aún estoy de cuatro meses. Ya me iré organizando.
- Eso espero, que sepas organizarte. Entonces, ¿mañana no vienes?
- Yo no he dicho eso. Sólo que llegaré un poco más tarde.
- Tú sabras lo que haces- y siguió mirando los papeles que tenía sobre la mesa como una forma de decirme “Ya puedes irte por donde has venido”.
Cuando salí de su despacho, la barbilla me temblaba como a un bebé apenado y las lágrimas ya corrían a chorros por mis mejillas. Antes de entrar en mi oficina, me refugié en el cuarto de baño y lloré hasta que me dolió todo el cuerpo. “Puta”-pensé- ¿quién te has creído que eres para tratarme así? ¿Qué clase de monstruo llevas dentro que te impide darme la enhorabuena y desearme que todo vaya bien?
Aquella noche apenas dormí. Las hormonas alteradas del embarazo se aliaron contra mí y me hicieron sentir toda la pena del mundo.   Al día siguiente no pude desayunar y cuando me crucé con ella por el pasillo, bajé la vista como una rata acorralada. Mi  felicidad se había evaporado como el agua de un charco. Ya sólo quedaba el barro.
Una semana después sangré levemente. No le dí importancia pero, por si las moscas, me acerqué al hospital. Mientras me sentaban en el horrible potro, pensaba que aún no había comprado la cena. !Dios! y tenía que hacer varias llamadas para concertar un par de entrevistas. Aquel “tú sabrás lo que haces” me había sonado a clara y abierta amenaza. La doctora me miró y volvió a mirar el monitor.
- Ha dado algún traspiés recientemente? ¿Ha tenido alguna caída?
Negué con la cabeza.
- ¿Alguna mala noticia? ¿algún disgusto?
-Sí.
Las doctoras, muy jóvenes, se miraron y luego me miraron a mí.
- Lo siento- dijo una de ellas- el feto está muerto. No se mueve. No tiene ritmo cardiaco.
Esta vez las lágrimas brotaron lentamente y resbalaron por mis mejillas hasta la comisura de mis labios resecos. Era domingo, hacía frío y estaba anocheciendo, como ahora mismo, una tarde cualquiera de invierno.
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¿Por qué?

Autor: Gabriela Acedo Emmerich


¿Por qué fui la “elegida”?, me pregunto constantemente. Ya han transcurrido tres años desde que me despidieron de la oficina y aún tengo muchas dudas y cuestiones que resolver. Mi alma está herida y a mi mente le cuesta hacer punto y aparte.
Hoy mismo me he levantado sobresaltada. He soñado con ellos.
No sé qué razón tuve que volver a la oficina. Mi jefe me daba constantemente la espalda, así que decidí hablar con él:
-¿Puedo hablar contigo?, le pregunto.
-Ahora no tengo tiempo, me responde.
Yo insisto:
-Necesito hablar contigo, por favor.
Le sigo como si temiera perderle de vista.
En medio del pasillo, él se para, se gira hacia mi y dice:
-Nunca he tenido un trabajador tan pésimo como tú.
Yo, extrañada, o, más bien confusa, le pido que me lo explique mejor.
-Mis dos secretarias no paran en ningún momento de trabajar. Tú, en cambio, estás todo el tiempo en la calle y pierdes constantemente el tiempo. Tienes suerte de tener un jefe como yo. Te he permitido muchas cosas.Tendrías que trabajar en la empresa X.
Una sensación de vacío se apodera de mí. Como otras tantas veces en la realidad, no sé defenderme. Simplemente replico con voz débil:
-No es cierto, nunca salgo. Es más, en muchas ocasiones estoy sola aquí arriba porque todos los  demás han bajado a tomarse un café o a despejarse un poco.
Como siempre una sonrisa irónica en su cara y aquella señal con la mano diciendo "¡vete, no quiero escucharte más!"
En este punto del sueño me despierto. No entiendo qué le ocurre a mi cabeza. ¿Por qué vuelvo al infierno? ¿Qué vínculo emocional me une aún a ellos? ¿Por qué aun siento la necesidad de tener que justificarme mentalmente, recurriendo a situaciones de maltrato para auto-convencerme de que esto ocurrió realmente y que no es una mala jugada de mi mente? ¿De qué y por qué me siento culpable?
Junto a estas cuestiones un sentimiento de fuerte impotencia me embarga. Hoy por hoy no les odio ni a él ni a las dos hermanas. Estoy sumergida en la intensa lucha de intentar entenderles. ¡Ojalá pudiera! También necesito entenderme a mí misma. ¿Cómo es posible que una situación de acoso laboral destroce mi vida, mi paz, mi felicidad?
Intento pensar racionalmente y he llegado en múltiples ocasiones a la misma conclusión: Cualquier acto o hecho doloroso en la vida se supera cuando no hay maldad y el incidente o accidente ha surgido sin premeditación y de forma clara. El acoso, sin embargo, toma las directrices de un acto sutil, enrevesado, con engaños. Te vuelves “loca”. La línea de los acontecimientos no es una línea recta y racional, sino una línea con muchos altibajos y se escapa de la lógica y del raciocinio.
Necesito comprender. Esto es muy difícil. ¿Cómo puedo comprender o empatizar con alguien con pensamientos tan retorcidos y una forma de actuar tan sucia y astuta?
Necesito adaptarme. ¿Por qué tengo que adaptarme a una situación hostil? Lo único que puedo hacer es evitar situaciones desagradables, aunque esto es una lucha inútil que te quema y te enferma cada vez más.
¿Cuántas veces he pensado: qué tonta que eres por no haber percibido la situación a tiempo? Y lo peor de todo ¿Cuántas personas estarán hoy mismo sufriendo lo mismo, sin saber lo que les ocurre?
Puedo sentirme una persona afortunada, porque recibo ayuda y terapia por todos los lados y poco a poco empiezo a entender muchas cosas. Me tranquiliza oír casos similares, situaciones idénticas a las que he vivido, porque en mi mente es una forma de convencerme que no estoy loca, que todo esto ha ocurrido realmente. Identificar hechos me ayuda, aunque los recuerdos me torturan.
Recuerdo cuando tenía estaba en situación de ILT y tenía que pasar por las inspecciones o simplemente recoger los partes de baja. Por un lado, un gran sentimiento de culpabilidad por ello y por otro, un miedo enorme, pánico, diría yo, a que el médico no me expidiera el correspondiente parte o que el inspector considerara que ya estoy preparada para volver a trabajar.
Al mes de baja, fui despedida. Era fija en la empresa, así que fue un despido improcedente. Aún así, sabiendo que no tendría que volver a la oficina, el miedo no me abandonaba. Era consciente de que no podría trabajar en ningún otro sitio, de que no era capaz de enfrentarme a nadie ni a nada.
Hoy vuelvo a tener un día en el que poco me importa la vida. Siento un constante nudo en la garganta y ganas de llorar, pero no puedo. Quisiera estar sola, pero no puedo. Uno de esos días que la fuerza te abandona y no sientes ninguna ilusión. Habrá gente que tenga el valor para levantarse en estos momentos. Yo no. 
Sin embargo tengo la certeza de que esto no será eterno. Estos "bajones" son cada vez menos frecuentes, gracias a la ayuda que recibo, tanto de la Asociación Anamib como de un terapeuta particular. Del mismo modo que he conseguido superar la enfermedad de la anorexia nerviosa, conseguiré superar esto.

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