Mi historia

Del acoso laboral y mobbing a la anorexia nerviosa

Tras varios años dedicados a la enseñanza y a la traducción e interpretación, y, tras un periodo de paréntesis laboral para dedicarme a mi familia y mis hijos, encuentro, en el año 2006, un trabajo en una oficina, donde empiezo con toda la ilusión del mundo. ¡Iba a ser una nueva experiencia! 
Ya, desde prácticamente al principio, percibí una actitud hostil por parte de dos compañeras. Hablé con uno de mis jefes, que en esa época era encantador conmigo, y escuché las siguientes palabras: "Son celos. Yo lo soluciono". No obstante, la situación fue empeorando: día a día aumentaban las humillaciones. Me sentía como una esclava sometida a la autoridad de dos mujeres que, en realidad, eran compañeras. Cuando intentaba encontrar alguna explicación, siempre llegaba a la misma conclusión: "el problema eres tú, no consigues adaptarte". Me sentía excluída, fuera de sitio. 
Poco a poco, sin saber siquiera hoy en día la razón, aquel jefe, que había sido tan encantador conmigo, empezó a insultarme, a mirarme con asco y desprecio, a no escucharme, a "darme la espalda" ... Y lo peor de todo: yo no era realmente consciente de que esas actitudes fueran "incorrectas". Desconocía por completo los términos acoso moral o mobbing. Empecé a desarrollar una gran fobia tanto a la oficina como a toda la zona céntrica de la ciudad. En el año 2008, durante la primera ILT de mi vida, fui despedida. La baja laboral era debida a un cuadro ansioso-depresivo. Estaba todo el día acostada en el sofá, intentando dormir para no pensar. Dejé de comer. Simplemente no tenía apetito. Empecé a perder peso rápidamente y, no sé realmente cuándo, decidí que quería adelgazar más y más. Curiosamente, cuanto más delgada estaba, más gorda me veía. Empecé a ser una auténtica experta en el cómputo de calorías. Comida que entraba en mi cuerpo, comida que tenía que ser eliminada como fuera: vómitos, laxantes, diuréticos... Dedicaba todas las horas del día planificando los menús familiares, las tretas para evitar tener que comer... ¡No tenía tiempo para pensar en la oficina! El control de la comida me hacía sentir fuerte, era mi droga, mi obsesión. Fui remitida a la UTCA. Allí recibí en un principio tratamiento en consultas externas con el diagnóstico de Anorexia Nerviosa purgativa (ANp). Al cabo de algunos meses fui hospitalizada. Posteriormente, una vez bastante recuperada, seguí el tratamiento en consultas externas. Una nueva recaída, tras ver un día a mi jefe por la calle, hizo que yo misma solicitara el ingreso en el Hospital de Día de la unidad. Por lo menos ya era consciente de lo que estaba haciendo o mejor dicho, volvía a hacer con la comida. En la actualidad, puedo decir que he superado totalmente esta enfermedad, gracias, evidentemente, a la ayuda impagable recibida tanto por la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria como de ANAMIB (Asociación de Ayuda por Acoso Moral en el Trabajo) y de una psicóloga particular facilitada por mis terapeutas de la UTCA. Los daños emocionales producidos por el acoso moral siguen presentes pero mi mejoría es cada vez más palpable. Ya me atrevo a ir por sitios que hace algún tiempo estaban vetados. Mi reacción no es ya tan fuerte. Ciertamente, mi corazón empieza a latir con fuerza y ,en ocasiones, me cuesta respirar, pero la sensación de mareo y de auténtico pánico, que me embargaba hace algunos meses, ha desaparecido. Creo que uno de los factores que más me está ayudando a superar todo esto, es el reconocimiento de situaciones a las que he estado sometida en la oficina. Las malas palabras, es decir, los insultos son fáciles de detectar y, en mi opinión, los menos dañinos a nivel emocional. Sin embargo, un sinfin de actitudes y actuaciones sutiles y maquinadas, escondidas tras una sonrisa o una voz suave y , por tanto, difíciles de explicar y detectar,  necesitan ser reconocidas para asimilarlas y llegar a la conclusión de que "tú no estás loca".

Mi trayectoria en la enfermedad de un TCA (Trastorno de la Conducta Alimentaria)

Personalmente tardé un tiempo en reconocerlo. En una primera fase era totalmente inconsciente de que tuviera "un problema con la alimentación". Eso sí, había una actitud mía que me sorprendía y no me parecía "normal": cualquier cantidad que ingiriera, por ridícula que fuera, la vomitaba. Lo comenté con uno de mis médicos, quien enseguida me remitió a una psiquiatra especialista en TCAs. Su diagnóstico fue contundente: Anorexia nerviosa purgativa. Aquí empezó mi tratamiento. En un principio, durante meses acudía a consultas externas de la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria. Las citas eran bastante frecuentes. Se me indicaban unas pautas alimentarias a seguir y las tenía que apuntar en una hoja-registro. También tenía que anotar si tras las ingestas había recurrido a algún método purgativo. Mi peso, por aquel entonces, estaba muy por debajo del peso mínimo saludable. Tenía una fuerte distorsión de la imagen. 
Lo cierto es, que durante esta primera fase de tratamiento en consultas externas, mis registros alimentarios eran pésimos. No tenía fuerza de voluntad suficiente para seguir sus instrucciones. Mis vómitos, en cambio, empezaban a disminuir. Si su frecuencia había sido, en un principio, de varias veces al día, al cabo de unos meses eran casi esporádicos y posteriormente nulos. En la UTCA organizaban también grupos terapéuticos con charlas informativas a los que asistía. En uno de ellos, un psiquiatra de la unidad nos explicó claramente cuáles eran los peligros de los vómitos a nivel funcional. Francamente, me asusté de tal forma que mi "cabecita" decidió cortar con esta conducta. No obstante, seguía sin admitir que mi principal problema con la alimentación era la drástica restricción que hacía. En pocas palabras: "todos estaban locos y ciegos menos yo".  Como ya había "renunciado" a los vómitos pero no soportaba tener algo en mi estómago, comencé a introducir el uso de laxantes: en poco tiempo pasé de tomar una dosis diaria a tomar veinte o treinta. Esto fue lo que colmó el vaso y decidieran ingresarme con urgencia. Yo lo acepté, pero no porque fuera consciente de que mi actitud era enormente dañina para la salud, sino simplemente por presiones familiares y de amigos. Además una persona muy cercana a mí ya me había dicho que si no ingresaba voluntariamente cabía la posibilidad del ingreso forzoso, con orden judicial. 
El objetivo principal en el ingreso es alcanzar un peso mínimo aceptable. Evidentemente son ingresos largos, porque en los primeros días o semanas el cuerpo empieza a recuperar algunos kilos rápidamente, pero luego el proceso de recuperación ponderal se ralentiza.
En el hospital vuelves a aprender a comer, como si fueras un niño pequeño. Es un proceso de reeducación. Al mismo tiempo recibes una terapia intensiva, tanto grupal como individual, por parte de psicólogos y psiquiatras. Al cabo de algo más de dos meses obtuve el alta hospitalaria. En aquel entonces, yo ya era consciente de todo lo que había hecho y ya había recuperado prácticamente el peso "exigido". Una vez fuera volví a consultas externas, siguiendo las mismas directrices que durante mi tratamiento inicial. 
Como somos humanos y en cualquier enfermedad siempre caben recaídas, tuve una bastante fuerte. Pero esta vez yo ya era totalmente consciente del peligro que acechaba y pedí ingreso voluntario en el Hospital de Día. Los métodos terapéuticos empleados eran similares a los de "hospitalización total": seguimiento de unas pautas estrictas de alimentación y apoyo terapéutico grupal e individual. Estuve algunos meses y salí ya muy, muy recuperada. En mi caso, la clave estaba en afrontar los miedos y fobias desarrollados por el acoso laboral al que había estado sometida. Fue durante mi estancia en el HDA cuando comencé a recibir una ayuda increíble, tanto por los profesionales del mismo, como de ANAMIB (Asociación de Ayuda por Acoso Moral en el Trabajo), en este sentido. A finales de Diciembre del año pasado, es decir, hace unos dos meses recibí el alta definitiva, tras unos tres años, aproximadamente, de tratamiento.
Estoy totalmente RECUPERADA

Si yo he podido (no tengo una fuerza de voluntad fuera de lo normal) todos pueden. Es simplemente cuestión de dejarse llevar, de tener paciencia y ser perseverante. Son años de tratamiento, con recaídas, luchas, desesperación... PERO NUNCA HAY QUE ABANDONAR.