23 feb. 2012

¿OLVIDAR? CARTA A UN ACOSADOR


Creo que todos los que hemos vivido una situación de hostigamiento laboral nos preguntamos con mucha frecuencia: ¿lo podré olvidar algún día?

En mi opinión, olvidar, en el sentido estricto de la palabra, es imposible. Es una parte de nuestra vida, de la cual muchos hechos han quedado bloqueados en algún lugar de nuestra mente y, en un momento inesperado, vuelven a brotar. Pero, ¿no recordamos otros hechos, sean positivos o sean negativos, de nuestro pasado?
La carta, que reproduzco a continuación (con los nombres de los "protagonistas" naturalmente cambiados), la escribí en un momento en el que me sentía profundamente hundida y dolida. Era incapaz de dirigir mi vida, pues los recuerdos no paraban de abrumarme. Ahora, cuando la leo, sería incapaz de volver a escribir en los mismos términos, pues no he olvidado pero ni mi ex-oficina, ni mi hostigador y sus secuaces forman ya parte de mi vida. Realmente no siento ya ni rabia ni pena... Estos sentimientos confusos han desaparecido de mi mente. El tiempo y la ayuda recibida me han permitido racionalizar los hechos, verlos con otros ojos y, ante todo, no permitir que me persigan en cada momento.

Quisiera dejaros un mensaje de ánimo y esperanza a todos aquéllos que estáis en ese momento que creéis no poder salir del pozo. ¡SALDRÉIS! 

 
A PERE Y A SUS SECUACES:
“Desgraciadamente formáis parte de mi vida. No sólo me habéis eliminado por completo, sino que también os habéis apropiado de mis pensamientos, de mi casa, mi familia. Veo tu cara, Pere, llena de asco y de desprecio. Bloqueas mis pensamientos. Me haces actuar de forma irracional. Me haces tener sentimientos contradictorios: rabia y, al mismo tiempo, pena. Es la primera vez en la vida en la que me ocurre algo contra lo que no puedo luchar y reaccionar adecuadamente. Fui tonta. No percibí desde un principio lo que estaba ocurriendo. Tu sonrisa encantadora, cuando dije que me iba, me hacía sentir culpable. Pensaba que todos los malos ratos se debían a mí, que eran jugarretas de mi mente. ¡Y me quedé!  Dios, qué ciega que estaba. Dos semanas, exactamente dos semanas adoptaste tu personalidad encantadora. Natxa iba a ser mi ayudante para que no me estresara con tanto trabajo. Pero lo cierto es que el trabajo no me estresaba. Al contrario, cuanto más trabajo tenía, menos podía pensar. Alejaste de mi lado a los que me podían apoyar. Unos fueron despedidos sin previo aviso. Otros fueron trasladados en grupo a la oficina de abajo. ¿Quizás fuera sólo casualidad? “Ahora Pere tiene a sus dos amadísimas secretarias, Carmela y Natxa, y a su Gabrielita”, fue el comentario de una compañera.
Permaneciste unos días apartado, pero observando cualquier movimiento. Querías ignorar que la situación empeoraba con respecto a tus secuaces. Natxa, en vez de ayudar, me mandaba más y más. Si en alguna ocasión le pedía de buena manera que me hiciera algo, ella se negaba: “no sé”. Estoy segura de que tú lo percibías pero no querías dar la cara. Quizás ya estabas tramando cómo seguir aniquilándome. Volviste a llamarme Grabiela, porque en su momento fui tan tonta de decirte que me dejaba llamar Gabi para evitar que me llamaran así. Tus burlas fueron cada vez más fuertes. Hiciste que mi miedo aumentara cada vez más. Cada día cuando venía al trabajo pensaba: “¿Hoy que me espera?”
Quisiste enemistarme con tu colega y no podías aguantar mi buena relación con él. Alimentabas el odio con tus dos secretarias. El trío aniquilador.
Hoy, más de dos años fuera de ese infierno, sigues formando parte de mi existencia. Sigues aniquilándome. Me persigues. No consigo sacarte de mi cabeza. A veces te odio, otras siento pena, pues estás realmente enfermo. Eres un ser perverso, inseguro, envidioso que busca su seguridad dominando a tu víctima. Has conseguido tu objetivo conmigo y eso te hace sentir fuerte. Pero yo, Pere, tengo amigos, amigos de verdad. Tengo una familia unida que intenta apoyarme. Tengo unos terapeutas que me hacen comprender la realidad. Estoy rodeada de gente buena, que me hacen sentir protegida, que ponen todo su esfuerzo en ayudarme a salir de este pozo en el cual has conseguido meterme. Cada vez veo las cosas más claras. Por un lado duele mucho, pero por otro es necesario. ¡NO, PERE, NO! No soy yo la loca, ni la tonta, ni la histérica, que nada hace bien. El problema real lo tienes tú”. (Retazo de "Cruzando el puente de la razón")

Olvidar, seguramente nunca olvidaremos, pero sí que aprendemos a tratar los recuerdos de otra forma, a manejarlos de manera que no nos hagan tanto daño e, incluso, a "optimizarlos" en nuestro camino, es decir, a sacar la parte positiva de esta vivencia y a convertirla en una experiencia enriquecedora.

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